Monday, March 27, 2006

IX PARTE

De pronto, desde muy cerca, escuchamos un grito frenético, y muchos otros le respondieron a lo largo de los bordes del camino. Un cuerno áspero resonó y oímos un ruido de pies a la carrera. Pero no me detuve. Había aprendido bastante de la lengua de los Orcos durante mi cautiverio como para conocer el significado de esos gritos: los guardias nos habían olfateado y nos habían oído, aunque no podían vernos. Se había desatado la caza. Desesperadamente me tropecé y me arrastré junto con Voronwë, trepando por una prolongada cuesta cubierta de una espesura de tojos y arándanos, entre nudos de serbales y abedules enanos. En la cima de la cuesta nos detuvimos escuchando los gritos detrás de nosotros, y el ruido de los matorrales aplastados por los Orcos.

A nuestro lado había una piedra que se alzaba sobre una maraña de brezos y zarzas, y por debajo había una guarida como la que habría buscado y anhelado una bestia perseguida para evitar la caza, o por lo menos para vender cara su vida, de espaldas a la piedra. Arrastré a Voronwë hacia abajo a la sombra oscura, y uno junto al otro, cubiertos por la capa gris, yacimos mientras jadeábamos como zorros cansados. Ni una palabra hablamos; éramos todo oído.

Los gritos de los cazadores se hicieron más débiles; porque los Orcos nunca se internaban demasiado en tierras salvajes a un lado y otro del camino, y se contentaban con patrullar el camino en una y otra dirección. Poco se cuidaban de los fugitivos perdidos, pero temían a los espías y a los exploradores de las fuerzas enemigas.

Llegó la noche y un triste silencio pesó otra vez sobre las tierras desoladas. Cansado y agotado me dormí bajo la capa de Ulmo. A1 romper el día Voronwë me despertó, y arrastrándome fuera de la guarida vi que en verdad el tiempo había mejorado un tanto y que las nubes negras se habían retirado. El alba era roja y alcanzaba a ver a lo lejos la cima de unas extrañas montañas que resplandecían al fuego del este.

Entonces Voronwë dijo en voz baja: —‘Alae! Ered en Echoriath, ered embar nín!’ — Porque sabía que estaba contemplando Las Montañas Circundantes y los muros del reino de Turgon. Por debajo de nosotros, hacia el este, en un valle profundo y oscuro, corría Sirion el bello, renombrado por su canto; y más allá, envuelta en niebla, ascendía una tierra gris desde el río hasta las colinas quebradas al pie de las montanas.— Allí se encuentra Dimbar —dijo Voronwë—. ¡Oja1á ya hubiéramos llegado! Porque rara vez nuestros enemigos se aventuran hasta allí. O así era al menos cuando el poder de Ulmo dominaba el Sirion. Pero puede que haya cambiado ahora; salvo el peligro que presenta el río: es profundo y rápido, y peligroso de cruzar aun para los Eldar. Pero te he conducido bien; porque allí, aunque algo hacia el sur, refulge el Vado de Brithiach, donde el Camino del Este, que antaño conducía a Taras en el Oeste, atravesaba el río.

Nadie ahora se atreve a utilizarlo, salvo en caso de desesperada necesidad, ni Elfo ni Hombre ni Orco, pues el camino conduce a Dungortheb y la tierra de terror entre el Gorgoroth y el Cinturón de Melian; y desde hace ya mucho se ha confundido con los matorrales, y no es más que una huella cubierta de malezas y hiedras.

Miré hacia donde señalaba Voronwë, y vi a lo lejos un resplandor de aguas extendidas a la escasa luz del amanecer; pero más allá asomaba el oscuro bosque de Brethil y escalaba hacia el sur las distantes tierras elevadas. Avanzamos con cautela por el extremo del valle, y al fin llegamos al antiguo camino que bajaba hasta los bordes de Brethil, donde cruzaba la ruta de Nargothrond. Estábamos cerca del Sirion. Las orillas estaban quebradas en aquel sitio, y las aguas, interceptadas por grandes desechos de piedras, se extendían en amplios bajíos, donde murmuraban unos temblorosos arroyos.

Un poco más allá, el río se recogía otra vez y, excavando un nuevo lecho, seguía fluyendo hacia el bosque, y se desvanecía a lo lejos en una niebla profunda que la mirada no podía penetrar.

Aunque quise ir de prisa hacia el vado Voronwë lo impidió diciendo que no podíamos cruzar el Brithiach en pleno día, mientras existiera una posibilidad de que estuvieran persiguiéndonos.

· ¿Nos sentaremos entonces aquí hasta pudrirnos? —le dije—. porque esa duda persistirá mientras dure el reino de Morgoth. ¡Ven! Bajo la sombra de la capa de Ulmo tenemos que seguir adelante.

Aún Voronwë vacilaba y miraba atrás hacia el oeste; pero el sendero estaba desierto y todo en derredor había silencio salvo por el murmullo del agua. Miró a lo alto y el cielo estaba gris y vacío, sin pájaros. Y de pronto la cara se le iluminó de alegría y exclamó en alta voz: — ¡Todo está bien! Los enemigos del Enemigo guardan todavía el Brithiach. Los Orcos no nos seguirán hasta aquí; y bajo la capa podemos cruzar ahora, sin esperar más.

· ¿Qué has visto de nuevo? —le pregunté.
· ¡Muy corta es la vista de los Hombres Mortales!— me dijo—. Veo las águilas de las Crissaegrim, y vienen hacia aquí. ¡Observa un momento!

Me quedé mirando fijamente; y pronto, altas en el aire, vi a tres formas que batían unas fuertes alas y descendían de los picos distantes coronados de nubes. Lentamente bajaban en grandes círculos, y luego se lanzaron de pronto sobre nosotros, pero antes que Voronwë pudiera llamarlas, giraron veloces y se alejaron volando hacia el norte a lo largo de la línea del río.

· Vayamos ahora — me dijo Voronwë—. Si hay un Orco en las cercanías estará acobardado, con las narices aplastadas contra el suelo, hasta que se hayan alejado las águilas.

Descendimos de prisa por una larga cuesta y cruzamos el Brithiach, andando a menudo con los pies secos sobre bancos de piedras, o vadeando los bajíos con el agua no más que hasta las rodillas. Fría y clara era el agua, y había hielo sobre los estanques poco profundos.

¡Mira! Aquí está la desembocadura del Río Seco y éste es el camino que hemos de tomar, por fin la encontramos después de agotada toda esperanza, dijo Voronwë.

Entramos en la cañada, de laderas cada vez más altas a medida que giraba hacia el norte, donde el terreno era más empinado. Me tropezaba en la penumbra, entre las piedras que cubrían el lecho, si eso era un camino no es bondadoso con el viajero fatigado, susurré. Voronwë me respondió que ese era el camino que llevaba a Turgon.

Eso me maravilló, que el acceso permanezca abierto y sin guardia. Me figuraba que encontraría un gran portal poderosamente guardado. A lo que me dijo que esperara un poco más que ese sólo era el comienzo. Además agregó que lo llamó un camino, sin embargo, nadie lo había recorrido por más de trescientos años, salvo mensajeros, pocos y en secreto, y que todo el arte de los Noldor se había concentrado en ocultarlo desde que lo tomó el Pueblo Escondido.

Voronwë me dijo: ¿Permanece abierto, dices? ¿Lo habrías conocido si no hubieras tenido a alguien del Reino Escondido como guía? ¿O habrías pensado que no era sino la obra del viento y de las aguas del desierto? ¿Y no has visto las águilas? Son el pueblo de Thorondor que vivió otrora en Thangorodrim antes que Morgoth cobrara tanto poder, y viven ahora en las Montañas de Turgon desde la caída de Fingolfin. Sólo ellas con excepción de los Noldor conocen el Reino Escondido, y guardan los cielos por sobre él, aunque hasta ahora ningún sirviente del Enemigo se ha atrevido a ascender a las alturas del aire; y llevan al Rey muchas nuevas de todo lo que se mueve en las tierras de fuera. Si hubiéramos sido Orcos, se nos hubieran echado encima y nos habrían arrojado sobre rocas despiadadas.

· No lo dudo —le repliqué—. Pero me pregunto también si la noticia de nuestra cercanía no le llegará a Turgon antes que nosotros. Y sólo tú puedes decir si eso es bueno o malo.
· Ni bueno ni malo — me dijo—. Porque no podemos atravesar las Puertas Guardadas inadvertidos, se nos espere o no; y si llegamos allí, los guardianes no necesitarán que se les advierta que no somos Orcos. Pero para pasar necesitaremos de mejores argumentos. Porque no sabes, Tuor, a qué peligro estaremos expuestos entonces. No me culpes como quien está desprevenido de lo que pueda ocurrir. ¡Que se manifieste en verdad el poder del Señor de las Aguas! Porque sólo por esa esperanza he consentido en ser tu guía, y si falla, con más seguridad moriremos entonces que por todos los peligros del desierto y el invierno.

Ante tanto fatalismo acerté a decirle que se dejara de pronósticos! La muerte en el desierto es segura; y la muerte ante las Puertas era para mí dudosa todavía, a pesar de todas tus palabras.

Muchas millas avanzamos con trabajo por las piedras del Río Seco, hasta que ya no pudimos más, y la noche derramó oscuridad sobre la cañada profunda; trepamos entonces a la orilla oriental y llegamos a las colinas derrumbadas al pie de las montañas. Al mirar arriba, vi que se elevaban como ninguna otra montaña que hubiera visto nunca; las laderas eran como muros escarpados, apilados todo por encima y por detrás del más bajo, como si fueran grandes torres y precipicios escalonados. Pero el día se había desvanecido, y todas las tierras estaban grises y neblinosas, y la sombra amortajaba el Valle del Sirion.

Voronwë me llevó a una cueva poco profunda, que se abría en la ladera de una colina sobre las solitarias cuestas de Dimbar, y nos metimos dentro arrastrándonos, y allí nos quedamos escondidos; nos comimos los últimos mendrugos de alimento, y teníamos frío y aunque estábamos cansados, no pudimos dormir.

Así fue como llegamos a las torres de las Echoriath y al umbral de Turgon, en el crepúsculo del décimo octavo día de Hísimë, el trigésimo séptimo del viaje.

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